La Mujer que Nació en la Época Inoportuna

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Si hay una historia que siempre me ha conmovido es la de Rosalind Franklin. Desconocida para todos aquellos que no son biólogos, sus aportes al descubrimiento del secreto de la vida han tenido tal importancia que de no ser por ellos muy probablemente esto se habría descubierto mucho tiempo después, tras varios encontronazos con conclusiones erróneas. Hoy en día a la gente se le llena la boca cuando hablamos de machismo y de las discriminaciones que continuamos sufriendo las mujeres blancas en el mundo moderno pero, aunque es cierto que continúa habiendo injusticias, hay que reconocer que las cosas han cambiado y mucho con respecto a años atrás; es por esto que sería interesante difundir la historia de Rosalind Franklin, donde veremos como una mujer muy inteligente tuvo la desgracia de nacer en una época donde no se la valoró lo suficiente.

Rosalind Franklin nació el 25 de julio de 1920, en Notting Hill, Inglaterra. Ya desde pequeña solía destacar en todas las actividades que se practiban en la escuela; desde estudios hasta deportes. Debido a su gran interés y el entusiasmo que le provocaba el aprendizaje de conocimientos nuevos, continuó con sus estudios hasta aquellos niveles donde las mujeres escaseaban. Tenía especial interés por la fisicoquímica, aunque finalmente acabaría siendo una experta cristalógrafa de rayos X durante su postdoctorado en el Laboratorio Central de Servicios Químicos del Estado, en París (que no es poco). En 1951 se trasladaría al King’s College de Londres, y aquí es donde experimentaría por un lado, el ser una pieza fundamental en un descubrimiento muy relevante para la humanidad y, por otro lado, lo ruines que pueden llegar a ser algunos compañeros de trabajo y cómo esto no tiene límites ni siquiera en el mundo científico, donde cualquiera esperaría un mínimo de rigor.

Empezó trabajando en la Unidad de Biofísica del Consejo de Investigación Médica y fue dirigida por John Randall, quien no tardaría en enfocar su trabajo en la difracción de rayos X aplicada a fibras de ADN. En el King’s College ya tenían algún antecedente pobre sobre este tema, realizado por Maurice Wilkins y Raymond Gosling. Lo que ocurre es que parece ser que Randall vio a la muchacha nueva espabilada y con gran destreza en este tipo de tareas, por lo que decidió asignarle como ayudante a Gosling sin avisar previamente a Wilkins. Vamos, que todo parecía apuntar que Randall tenía más confianza en Franklin, que era toda una recién llegada, que en Wilkins. ¿Qué pasó entonces? Pues malos rollos entre Wilkins y Franklin, como cabría esperar. Sin embargo, más tarde Randall decidiría poner a estos dos a trabajar juntos (entre otras cosas porque la investigación cada vez se complicaba más y se necesitaba a más gente). Dicen que el roce hace el cariño, pero en este caso el roce entre Franklin y Wilkins era el equivalente al de una lija y la piel humana; de ahí no podía salir nada bueno. Teniendo en cuenta que Franklin era experta en tomar fotografías con rayos X, con el fin de vislumbrar qué tipo de estructura podría tener el ADN, ésta decidió hacer varias fotografías de la molécula. Este trabajo, junto con la revisión incesante de sus resultados obtenidos, que parecían estar en conflicto, le hizo dedicar un tiempo a darle vueltas para encontrar una explicación lógica, hasta que, finalmente, llegó a la conclusión de que el ADN en realidad no tenía una forma helicoidal, como se pensaba en un principio, sino que era una DOBLE HÉLICE. Esto explicaría muchas cosas sobre la molécula. La imagen clave donde se puede observar ese patrón es la denominada “fotografía 51”.

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La foto en cuestión. Muy bonita, y muy útil para adueañarse del mérito de otro.

A aquellos lectores que sepan de la existencia de este modelo seguro que se les vienen a la cabeza primeramente dos nombres: Watson y Crick. Pero, ¿no acabo de decir que la fotografía la hizo Rosalind Franklin? Sí, y es correcto. Entonces, ¿por qué se asocia ese descubrimiento con estos dos hombres? Pues bien, resulta que estos dos tipos también estaban a la busca y captura de la auténtica estructura del ADN, pero el modelo del que partían era incorrecto. En esto que uno de ellos, Watson, decidó pasarse por el King’s College y pedir ayuda al respecto para evitar que otro investigador, Pauling, se adelantara a ser el primero en publicar en una revista la estructura del ADN. En esto que se topó con Franklin y no fue especialmente amable con ella; más bien le increpó que no sabía interpretar bien sus resultados, así, sin conocerla ni tener una idea profunda de su trabajo. La cosa era que, como se trataba de una mujer, ¿qué puñetas iba a saber de estructuras de ADN? Ella, como es lógico, se molestó. Franklin si se caracterizaba por algo era por ser más clara que el agua y lejos de callarse le hizo ver que se encontraba molesta, lo cual hizo sentirse violento a Watson. A todo esto Wilkins, que andaba por allí como buitre rondando a la carroña, se sintió atraído por la conmoción y, no estoy segura de si en un alarde de peloteo o de intentar fastidiar al prójimo, decidió enseñarle a Watson sin el permiso de Franklin la fotografía 51.

Lo que hubo a partir de aquí es cuanto menos despreciable: una publicación a nombre de ellos dos, donde mencionaban muy ligeramente en un pequeño recoveco del artículo a Wilkins y a Franklin, un mérito inmerecido de por vida que pasaría a las generaciones futuras y un libro titulado La Doble Hélice donde Wilkins sale muy bien parado, pero no se puede decir lo mismo de Franklin, que es invisible. Ya nada se podía hacer para parar la bola de éxito que les estaba llegando a Watson y Crick. No fue hasta varios años después que distintas personas que se encargaron de escribir la biografía de Franklin destaparon la manta que cubría lo miserable: parece ser que ya desde aquel día en el que Watson se presentó en el King’s College, el trato de la famosa pareja hacia Franklin no fue especialmente respetuoso por el simple hecho de que ella era una mujer haciendo cosas de hombres. Esto queda mucho más patente en La Doble Hélice, donde no sólo no le dan ni una pizca de mérito a Franklin, sino que parece ser que existen ciertas menciones burlonas hacia ella; por ejemplo, referirse a ella como “Rosy”, apodo que algunos compañeros del King’s College utilizaban a sus espaldas y que ella detestaba. No cabe duda de que el trato que recibió esta mujer no fue el que merecía, sino justamente el contrario. Es cierto que Watson y Crick fueron los que hilaron los hilos para explicar la estructura que tiene el ADN y cómo funciona, pero los datos de los que partieron no eran suyos, sino de las investigaciones que estaban llevando a cabo Wilkins y Franklin. Wilkins por lo menos se puede decir que se llevó el mérito que le correspondía por parte de Watson y Crick, pero no fue así para Franklin. Finalmente, los días de esta mujer acabaron con el desarrollo de un cáncer de ovario, se sospecha que por la alta exposición que solía tener a los rayos X. Encima de robarle los datos y sin darle las gracias, muere por hacer justamente el trabajo tan peligroso que conllevaba la realización de esa fotografía. ¿Triste? No sé si definirlo así; me parece muy poco para expresar lo que esta historia me hace sentir. Tal vez aún no exista la palabra que necesito.

Afortunadamente, podemos decir que esta época ya ha pasado, relativamente. Y digo “relativamente” porque, aunque ahora el problema no sea exactamente el ser mujer, sí es cierto que continúan existiendo piques entre colegas que terminan afectando y mucho al trabajo, lo cual es una auténtica pena y vergüenza. ¿Podemos entonces decir que no hay tanto machismo en ciencia como en la época de Franklin? “Podemos”, pero siempre con las comillas; aún existe desigualdad de sexos en los altos cargo en investigación. Desconozco si el motivo es realmente considerar inferiores a las mujeres u otra cosa, pero lo que está claro es la existencia de una desigualdad a favor de los hombres. Mi deseo para este 11 de febrero sería que la historia de Rosalind Franklin se difundiera más y más, para que el mundo viera las consecuencias que podía tener ser una mujer inteligente en la época inoportuna, la cara mala de algunos compañeros de trabajo y, sobre todo, para que no se repitan nunca más los mismos errores en una profesión que, no sólo hace mal a las personas implicadas en el conflicto, sino a toda la humanidad.

Buen día, señores.

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2 comentarios sobre “La Mujer que Nació en la Época Inoportuna

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