Compartir Conocimiento

Aquel día me encontraba atendiendo en una clase de la asignatura “Tratamiento Biológico de Aguas Residuales”, ofrecida por el máster en Microbiología que realicé.  Es cierto, el título no suena para nada apasionante, pero lo cierto es que la tecnología que utilizan los trabajadores de las depuradoras para limpiar el agua tiene su miga, por no hablar de las múltiples anécdotas de jovenzuelo y no tan jovenzuelo que nos contaba el profesor, como si de un veterano de guerra se tratara. Lo interesante que quiero contaros no es cómo funciona un filtro UASB, sino lo que ocurrió al final de la clase; no recuerdo exactamente qué era lo que discutíamos, pero él intervino preguntándonos: “¿Sabéis cuál es la profesión más relevante de todas?”. A cualquiera se le habría venido a la cabeza la de médico, puesto que intervienen directamente en la salud de las personas, pero si estaba haciendo esa pregunta era porque la respuesta no iba a ser tan obvia. Después de dejarnos hacer hipótesis con más o menos sentido, se decidió a darnos la auténtica respuesta: “La de profesor”. Ninguno de nosotros había pensado justamente en ésa; continuó: “Porque sin los profesores no habría transmisión de conocimiento”.

Si os paráis a pensarlo, el aprendizaje es una de las cosas más importantes de este mundo. Sin transmitir nuestros conocimientos a generaciones futuras, éstas tendrían que volver a aprender todo desde cero: los osos, lobos o tigres son peligrosos, para evitar el frío cúbrete con pieles, si quieres cazar talla de esta manera la piedra y conseguirás herir a tu presa, etc.; por no hablar del fuego, cuyo descubrimiento no apareció especialmente pronto. Tener que reiniciar el aprendizaje de todo eso por cada generación de humanos, supondría una auténtica pérdida de tiempo que nos evitaría aprender muchas más cosas. Resulta mucho más rápido que tu ascendiente más próximo te facilite esa información en tus primeros años de vida y que luego descubras más por tu cuenta. Aquellos humanos que descubrieron el fuego no dudaron en enseñar a sus hijos a cómo generarlo, qué usos podían darle y advertirles de que esa “cosa especial” hacía daño al tocarla. Con esta información, esos niños pudieron seguir experimentando con él, probando a introducir en su interior la carne de sus presas, retirarla y llevársela a la boca; así descubrieron que la carne cocinada sabe mucho mejor que la cruda y, además, redujeron el porcentaje de infecciones de su población al cocinar junto con la carne cualquier parásito que en su interior se encontrase. Fijaos que de no ser por la transmisión de conocimiento ninguno de vosotros tendría un ordenador con el que estuviera leyendo este artículo.

En cierta forma, el fin que yo buscaba creando a Vibrio Vibrensis era precisamente ése: transmitir parte del conocimiento que tengo. Personalmente, me entristece leer o escuchar ciertos comentarios que demuestran un desconocimiento del mundo científico total, concretamente del mundo biológico. No estoy tratando de dar un sermón a ninguno de vosotros porque, y citando a mi profesor de botánica, Jose Antonio Fernández Prieto: “Ustedes no tienen ni puta idea de nada; pero no es culpa suya, es culpa del sistema. Porque ya Fernando VII cerró la universidad para abrir una escuela de tauromaquia”. Juro por Dios que me haré una camiseta con esa frase. TENGO QUE HACERLA. Volviendo al tema, lo que intento deciros es que no pretendo echaros ningún sermón; ninguno de vosotros tiene la culpa de no estar informado sobre estos asuntos, ya que nadie os ha informado bien, y con “informado” me refiero a dos cuestiones conjuntas: hacéroslo entender y despertar vuestro interés.

En mi opinión, la divulgación científica, al menos en países de habla hispana, da pena. Conozco a gente que se dedica a ella y he de decir que son unos muy buenos profesionales en investigación; trabajan mucho y hay que valorarles que por lo menos intentan sacar un poco de tiempo para poder contarle algo a la gente común y corriente. El problema es que, debido a esa falta de tiempo no lo hacen de la manera adecuada. Tratan de explicar a qué se dedican de la manera más sencilla que pueden, pero nunca consiguen despertar el interés de las personas. En su lugar, provocan bostezos y translocan las preferencias de sus oyentes hacia temas banales y burdos, como la prensa rosa.

Tuve una charla hace tiempo con una chica sobre este asunto; su respuesta fue una defensa total y absoluta hacia los divulgadores: “Ellos no tienen la culpa; crean programas de televisión, hablan por radio, incluso hacen páginas web con lo último en investigación, como la del CSIC, que es totalmente pública”. Finalizó con una estocada realizada de una manera muy dura: “La culpa es de la gente; no le interesan esas cosas”. Este tipo de afirmaciones son las que hacen que sigamos como estamos. La ciencia es compleja; yo misma he requerido de cinco intensos años para saber todo lo que sé. Ver un proyecto propio fracasar y justificarlo con que “a la gente no le interesa” es el equivalente a suspender un examen y decir que “el profesor me tiene manía”, cuando claramente no lo has superado porque no has estudiado. No hay que ser exigentes con el público; la responsabilidad es única y exclusivamente nuestra. En mi opinión, despertar el interés por la ciencia en la gente no es una tarea imposible. En mi caso particular, prefiero decir que mi objetivo no es el de enseñar “biocosas” a la gente, sino el de dar la oportunidad a todos aquellos que no la tuvieron antes de conocer cómo funciona la vida.

Tengan un buen día, señores.

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